¿Y qué era lo que más miedo te daba en esa época? A los cuarenta, el miedo no es a equivocarte. Es a que los demás te vean equivocarte. Nadie lo entendía. Tenía un buen sueldo, un jefe que me apreciaba y toda una carrera por delante. Pasé quince años haciendo las cuentas de otros y nunca había hecho la mía. Un día me di cuenta de que sabía cuánto ganaba cada cliente, pero no sabía qué quería hacer con mi vida. Llegué a casa con la caja de la oficina en las piernas y lo primero que hice fue lijar una silla vieja. Fue la primera vez en meses que no pensé en nada. Al día siguiente me inscribí en un curso de carpintería de fin de semana. Era la única mujer del grupo. ¿Y cómo llegó el primer trabajo pagado? Mi primer cliente me pagó con un pastel y una recomendación. La recomendación valió más. Hoy la mitad de mis clientes llegó por esa vecina. Le enseñó el librero a todo el edificio. En la carpintería mides dos veces y cortas una. En la vida yo hacía lo contrario. Decidía por impulso y pasaba meses arreglando. En el taller aprendí a parar, mirar otra vez y solo entonces cortar. Cobraba el tiempo de hacer la pieza y me olvidaba del tiempo de aprender a hacerla. Cuando empecé a cobrar las dos cosas, perdí dos clientes y por fin me alcanzó para llegar a fin de mes. ¿Qué consejo le darías a quien está pensando en cambiar? Empieza pequeño, pero empieza con una buena herramienta. La barata te sale cara dos veces.